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El Consiliario con motivo de la Clausura del Año Sacerdotal: «El sacerdote es mensajero y continuador, en la persona de Cristo»
Documentos
Miércoles, 16 de Junio de 2010 23:09

Parroquia Mayor Santa María de la Encarnación (Huéscar)
Carta con motivo de la Clausura del Año Sacerdotal

Queridos feligreses: El viernes 11 de junio, el Santo Padre Benedicto XVI clausuraba en Roma el Año Sacerdotal, que, como sabéis, el mismo Papa abrió con motivo del 150 aniversario del Santo Cura de Ars. Ha sido un año difícil, por parte de muchos sectores se ha intentado desacreditar la labor de todos los sacerdotes por el pecado lamentable y execrable de la pederastia que algunos han cometido. Pero a Dios gracias, a pesar de los pecados de unos pocos hermanos nuestros y del pecado personal de todos los que componemos la Iglesia, la luz fúlgida de la santidad se ha mostrado y demostrado más potente, e infinitamente más grande e importante que las humanas debilidades. Por otro lado, no tiene que sorprendernos la campaña, casi continua, “de acoso y derribo” que la Iglesia sufre, como lúcidamente ha dicho el Papa «Era de esperar que al “enemigo” no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo». (Benedicto XVI, Misa de Clausura del Año Sacerdotal).

En este año hemos tenido ocasión de descubrir, o mejor caer en la cuenta, de la labor sencilla, hermosa e insustituible de los sacerdotes. Esparcidos por todo el mundo, trabajan en las grandes ciudades y en los más humildes pueblos; en las más variadas situaciones y circunstancias que podamos imaginar, todos distintos pero iguales en la Misión: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. Cometido que es común a todos los cristianos, pero que en el sacerdote tienes rasgos únicos: «El sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. (…) Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor » (Benedicto XVI, Misa de Clausura del Año Sacerdotal)

Y también hemos tomado conciencia de la importancia del seminario, de pedir por las vocaciones al sacerdocio y de rezar por los jóvenes que son llamados para que respondan con generosidad al Señor como lo hizo la Santísima Virgen, poniendo su vida a disposición de Dios. Qué pena que muchos jóvenes que tienen vocación se resistan a la llamada del Señor porque no está de moda ser cura. Porque ahora lo que está en boga son las relaciones sexuales en la adolescencia, “jugar” a ser hombres y mujeres cuando se es niño y la permisividad irresponsable en todo como “valor” supremo. Salvando, a Dios gracias, excepciones, que son heroicas porque son capaces de sustraerse a este ambiente generalizado.

La Iglesia, de parte de Dios, a cada vocacionado repite las palabras de Ananías a San Pablo: El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. (Hch 22) Y, ¿qué es lo que Pablo vio y oyó? Que el Crucificado estaba vivo, había resucitado. Se convirtió en testigo de la Vida.

No hay mayor gozo, queridos hermanos, que el de ser testigo ante todos los hombres del que es la vida para el Mundo: Jesucristo. Es una pena que la gente ande buscando la manera de no morirse con fármacos o pseudo fármacos que alargan la vida y disimulan la edad, y, por otro lado, no acudan a quien en realidad nos puede dar la vida porque Él es la Vida; no ésta, que irremediablemente es caduca, sino la eterna. Es como el que necesita agua y se adentra en el desierto para encontrarla. El diálogo entre Marta y Jesús a raíz de la muerte de Lázaro es la autorrevelación de Nuestro Señor como la única vida que cabe esperar y que podemos alcanzar:

Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.


Jesús corroboró estas palabras con su resurrección. Él no era un charlatán embaucador de los que tanto han abundado en la historia de la humanidad y abundan. “Él fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día resucitó”. Esta experiencia, que puso en pie la Iglesia, ha hecho que un sinnúmero de personas hayan hecho de Jesús la razón de su existencia, y que Jesús siga hoy dando la vida a millones y millones de hombres y mujeres que creen en su palabra por medio de nuestro testimonio. No ha venido un muerto de la tumba a decirnos qué hay después de esta vida terrena, ha venido el Vivo que ha pasado por la muerte. ¿Cabe mayor credibilidad? El sacerdote es mensajero y continuador, en la persona de Cristo, del ministerio de la Salvación.

Con la clausura del Año Sacerdotal no termina nuestra oración por los sacerdotes, ni por los que se están preparando para el sacerdocio. Este año ha sido un acicate para redescubrir el don del sacramento del orden. Don Para el Pueblo de Dios, de quien el sacerdote es miembro y servidor; pues él ha recibido el ministerio ordenado para servir al sacerdocio común de todos los fieles cristianos. No olvidemos que, en virtud del bautismo, la Iglesia toda es un pueblo sacramentalmente sacerdotal.

Hermanos, hinquémonos de rodillas delante del sagrario en una plegaria constante por los sacerdotes, para que ellos puedan estar en pie pastoreando el rebaño confiado por el mismo Cristo. «En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico.» (Benedicto XVI)

No olvidemos, para estimular nuestra oración, que el Demonio quiere sacerdotes “infieles” para desacreditar a Dios, y que nosotros necesitamos sacerdotes santos como Dios los quiere. La santidad sacerdotal incumbe mucho a la parroquia. El sacerdote y la parroquia forman un matrimonio, la fidelidad de ambos depende de las partes. Si un sacerdote quiere una parroquia de santos tiene que empezar por serlo él, y del mismo modo, si los feligreses quieren un cura santo, un cura bueno, tienen que empezar por serlo ellos. Nadie puede pedir lo que no da, ni dar lo que no tiene.

Hermanos, caminemos confiados y seguros en el amor del Señor que se hace sacramento en la Eucaristía, donde tenemos que enraizarnos cada día más hasta que ésta se convierta en la esencia de nuestra vida. En la Santa Misa es donde se superan las dificultades y se vencen las tentaciones. En la misa es donde encontramos la alegría de ser cristianos, de ser Iglesia Católica, de seguir haciendo lo que Cristo nos mandó: lavar los pies a los necesitados y dar la vida por los hermanos. Sabiendo, como decía el Beato Angélico, que, «el que hace las cosas de Cristo, con Cristo debe estar siempre». Y esto vale para todos, sacerdotes y fieles.

Os encomiendo a la misericordia del Sagrado Corazón de Jesús, que en este mes de junio tiene que ocupar el centro de nuestra vida de oración y de piedad.

Que el Señor nos bendiga y nos guarde de todo mal.

Antonio Fajardo Ruiz


 
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