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La vida de los que en ti creemos Señor no termina se trasforma
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Domingo, 31 de Octubre de 2010 09:33

Mis queridos feligreses:


Comenzamos el mes de noviembre, mes que la Iglesia dedica de modo especial a rezar por los difuntos. Pero cabe preguntarse ¿Para qué rezamos si con la muerte se termina todo? Son muchos los que así piensan, personas que afirman que no existe nada, que es una ilusión preocuparse por algo más allá de esta vida terrenal. De hecho hay un refrán castellano que dice “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Yo me atrevo a decir que muchas personas católicas en la práctica no se diferencian en esto de los no creyentes. No niegan que Dios exista pero no creen que exista otra vida después de la muerte. Frente a estas posturas hay que decir que la muerte no es la última palabra sobre el destino humano.

La Iglesia Católica nació a partir de una constatación: que Cristo había resucitado después de haber sido “crucificado, muerto y sepultado”. Jesús de Nazaret era para sus seguidores un hombre extraordinario que hablaba como ninguno antes lo había hecho y que obraba prodigios como ninguno antes que él los había realizado; no sólo curó enfermos sino que incluso volvió a la vida a personas que estaban muertas. Pero, precisamente, por ser tan “especial” sus seguidores, sobre todo los más íntimos, los Apóstoles, nunca creyeron que podía morir crucificado, ya que ésta era una muerte para bandidos y criminales. Ellos esperaban que Jesús fuera proclamado rey, y gobernara como el mayor y más poderoso de los reyes de la tierra, dándole a Israel el primer lugar entre las naciones. Pero ocurrió lo inesperado. Inesperado no porque Jesús no les dijera cómo sería el fin de su vida terrena, sino porque ellos, los discípulos, se negaban a creer que ése sería el fin de Aquél en el que ellos habían puestos sus esperanzas políticas y religiosas, ya que ambas realidades iban unidas. Cuando sucedió, todos sus seguidores se dispersaron.


Sin embargo, unas mujeres comienzan a decir que han visto vivo a Jesús. ¿Qué pensaron los discípulos? que estaban locas, así de sencillo, que se habían desquiciado. Ellos seguían encerrados, recluidos por el miedo (sólo hacía tres días que habían enterrado a Jesús) sin saber que hacer con sus vidas; si no se habían alejado de Jerusalén era porque no era todavía prudente dejarse ver. Y en esto ocurre lo inesperado, lo impensable: Jesús se presenta en medio de ellos a pesar de que tenían la puerta de la estancia cerrada y bien cerrada. Ellos se llenaron de terror y Jesús los calmó diciéndoles: Tranquilos soy yo, no tenéis nada que temer. Cuando comprobaron que era Jesús, la tristeza se convirtió en gozo, el llanto en alegría, el miedo en valentía. En el momento en que esto se produce Tomás no estaba presente; se lo contaron y no se lo creyó, como nos pasaría a nosotros, es más, no estaba dispuesto a dar crédito a una visión fantasmagórica, es decir, a creer en un espíritu; y puso condiciones para admitir la resurrección de Jesús, pidió pruebas, el “resucitado” tenía que ser el crucificado y, para constatar la veracidad de que se trataba de la misma persona, tenía él, por sí mismo, que meter sus dedos en el agujero que los clavos habían dejado en los pies y en las manos de Jesús y la mano en la herida que la lanza del centurión romano había producido en el costado. Tomás es un incrédulo moderno, de los que dicen: “si no veo no creo”. Y sucedió que Jesús se presenta nuevamente ante sus discípulos y dirigiéndose a Tomás le invita a hacer la comprobación. No lo hizo, Tomás se arrodilló ante Jesús y le dijo: Señor mío y Dios mío. Vio y creyó. Y Jesús le dijo: Tomás, dichosos los que crean sin haber visto. Tenemos que estar muy agradecidos a la incredulidad de Santo Tomás porque su desconfianza es nuestra seguridad. Él no estaba dispuesto a que le dieran “gato por liebre”. Y por eso exigió el certificado de garantía: las señales de la pasión. No quiere ante él a alguien que diga que es Jesús, un hombre que suplante la personalidad del Maestro, no piensa ser víctima de un timo. ¡Menudo era Tomás para que lo engañaran, él que se había pasado la vida estafando a todo el mundo con el cobro de los impuestos! Pero, sobre todo, en el corazón de Tomás latía la tristeza por la muerte del Señor. Amaba infinitamente a Jesús desde el día, no lejano, en que el más singular de los rabinos lo miró con ternura y viendo en lo íntimo de su alma, sin apartar sus ojos del recaudador de impuestos, oyó de sus labios: Sígueme. Ese rabino, el Señor Jesús, no un fantasma, lo tiene frente a sí; vio las señales de la pasión y se lleno de alegría y fue un hombre nuevo. Un nuevo creyente.

Todo comenzó a tener sentido, aquellas palabras misteriosas de Jesús sobre que el “Hijo del hombre tiene que ser entregado a manos de los hombres, ser crucificado y resucitar al tercer día”. Y Pedro se planta en una fresca mañana de primavera en la plaza de Jerusalén y empieza a gritar: Oídme todos, Jesús de Nazaret a quien nuestras autoridades entregaron al gobernador romano para que lo crucificara, Dios lo ha resucitado y ha sido constituido salvador de todos, según decían la Ley y los Profetas. Y en este momento, queridos feligreses, comienza la historia de la Iglesia. En aquel día muchos creyeron por el testimonio de los discípulos y el evangelio, es decir la buena noticia que es Jesús y lo que Jesús dijo e hizo, ha llegado generación tras generación hasta nuestro hoy, hasta nosotros, que seguimos, como Pedro, gritando al mundo: Cristo vive y es salvación para todo el que crea en Él. Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Jesús Nazareno es la garantía de nuestra fe.

Dos revelaciones singulares de que hay vida después de la muerte

Lázaro, el amigo del Señor, llevaba cuatro días enterrado cuando Éste va a dar el pésame a sus dos hermanas, en el diálogo con Marta, que sale a recibirlo, le pregunta si cree en la resurrección de los muertos y Marta le contesta que sí, que cree en la resurrección del final de los tiempos; entonces se produce la gran autorrevelación de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida. La resurrección de la carne, es decir, del cuerpo, es un acontecimiento que se sitúa al final del mundo, pero la vida está ya entre nosotros: Cristo es la vida. Vive más allá de la muerte del cuerpo todo el que crea que Jesús es el Señor, el Mesías que ha venido al mundo para rescatarnos del pecado y de su consecuencia más funesta: la muerte. Jesús ratifica sus palabras cuando situándose frente al sepulcro de Lázaro, mandó correr la piedra que lo cerraba y gritó: Lázaro, sal fuera, y al instante Lázaro volvió a la vida. Ratificó con el milagro lo que había dicho con sus labios, por eso Jesús pudo decir en una ocasión a los judíos incrédulos: Si no me creéis a mí, creed a mis obras.
Pero dónde se revela plenamente la bondad, misericordia y el poder de Jesús sobre la muerte es en la Cruz. El llamado Buen Ladrón mira a Jesús y le dice: Acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Y Jesús le dice: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¿Cuándo es hoy? Aquella misma tarde. La tarde en que mueran ambos, entonces, ¿cómo es que el Buen Ladrón estará con Jesús en el Paraíso? Porque Jesús está hablando del alma que es inmortal. Alma que una vez que ambos mueran, será tomada por Jesús y guiada hasta la gloria. Sólo muere una parte de nosotros, lo que es terreno, aquello que fue formado de la tierra, pero no el alma que es inmortal y que con el cuerpo forma la unidad personal que cada uno somos. Esta afirmación de Jesús: Hoy estarás conmigo en el paraíso es la afirmación de la inmortalidad del alma, la afirmación de la vida eterna, la afirmación de que Jesús es la llave que abre las puertas del Cielo. No tiene que venir un muerto a decirnos qué hay en el más allá, como algunos dicen, nos lo ha revelado nuestro Señor Jesucristo antes de morir y después de resucitar de entre los muertos. ¿Qué más necesitamos para creer? ¿Después de Tomás nos atrevemos a seguir pidiendo más pruebas? Qué mayor prueba que después de que hayan transcurrido dos mil años de estos acontecimientos sean millones de personas los que creen en Jesús y están dispuestos a dar la vida por Él como la dieron todos los Apóstoles después de ser testigos de la Resurrección.

Una vida para siempre: Cielo, infierno, purgatorio

La vida después de la muerte del cuerpo es una vida eterna. Y cuando nuestros cuerpos resuciten el día del Juicio final se unirán a nuestras almas en el destino que les cupo cuando murieron. No es cuestión de meter miedo. Cuando vemos en las carreteras las señales de tráfico no las interpretamos como una ofensa a nuestra sensibilidad, sino como una responsabilidad de la administración pública que tiene el deber de indicarnos, mediante las señales, los peligros de la carretera para que lleguemos sanos y salvos a nuestro destino. ¿Cuáles son las señales de tráfico en la vida espiritual? Los Mandamientos de la Ley de Dios. Cuando el Joven del evangelio se acercó a Jesús y le preguntó qué tenía que hacer para ir al Cielo Jesús le respondió de manera concisa y concreta: Cumple los Mandamientos. Para cumplir los Mandamientos la Iglesia nos auxilia con la gracia de Dios que se nos comunica de modo eficaz y verdadero en los sacramentos, de modo muy especial en la confesión y en la Santa Misa. Sirviéndome del Catecismo de la Iglesia Católica os explico qué es el Cielo, el Infierno y el Purgatorio, para que conociendo la verdad no vivamos en el error que puede tener consecuencias funestas y para siempre. Tenemos que tomarnos la vida en serio, siendo sensatos. Todos nuestros actos tienen valor de eternidad. Nuestro comportamiento decide nuestro destino.

¿Qué es el Cielo?

 

Lograr una descripción adecuada de lo que es el Cielo, con nuestras limitadas categorías humanas de tiempo y espacio, con la limitación de ideas y de lenguaje, es imposible. San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, sólo puede referir que "oyó palabras que no se pueden decir: cosas que el hombre no sabría expresar ... ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman" (2a. Cor.12, 2-4 y 1a. Cor. 2,9). Juan Pablo II definió el Cielo como « la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. La satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es». (fr. Catecismo de la Iglesia Católica, nros. 1023-1029, 1721-1722)
¿Cómo será ese gozo del Cielo?

Amaremos a Dios con un amor intensísimo, embelesados por todas sus cualidades, que son perfectas, maravillosas e infinitas. Ese amor que sentiremos, atraídos por Su Amor, será correspondido perfectísimamente por El, sin las desilusiones propias del amor humano, con Su ternura infinita y en la intimidad más dulce que podamos imaginar. Distinto a los amores humanos, ese gozo será de una plenitud siempre nueva, de una novedad constante que no cesa jamás. Y, además, ese Amor durará para siempre. (Cfr. P. Antonio Royo Marín, o.p., Teología de la Salvación en www. Homilia.org)

¿Qué es el Infierno?

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf DS 76; 409; 411; 80 1; 858; 1002; 135 1; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1035)

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14) (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1036)
¿Qué es el Purgatorio?

Un lugar de purificación después de la muerte. La existencia del Purgatorio es un dogma de Fe definido en varios concilios, sobre todo en los de Florencia y Trento. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una enseñanza clara y precisa sobre este punto: «Los que mueren en la gracia y en la amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.»

La oración desde la fe

La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a orar por los difuntos. El fundamento de la oración de sufragio se encuentra en la comunión del Cuerpo místico. Como reafirma el concilio Vaticano II, «la Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos». Por tanto, recomienda la visita a los cementerios, el cuidado de las tumbas y los sufragios. (Homilía del Papa Juan Pablo II, 7-XI-1997)

De igual modo a como se pronunciaba el Papa lo explicita el Catecismo: «Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos» (Catecismo de la Iglesia Católica nos. 1030 y 1032).

La costumbre de rezar por las almas de los difuntos viene del Antiguo Testamento. Diversos Padres de la Iglesia fomentaron también esta práctica, como san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Ambrosio y san Agustín. El Concilio de Lyon enseñaba en el siglo XIII: «para aliviar estas penas, [a las almas] les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, es decir, el sacrificio de la Misa, las oraciones, limosnas y otras obras de piedad que, según las leyes de la Iglesia, han acostumbrado hacer unos fieles por otros».

Hoy sigue tan vigente como ayer la fe de la Iglesia en el Purgatorio y, por tanto, la eficacia de los sufragios a favor de las almas de los difuntos que son un acto de caridad, recogido en las obras de misericordia espirituales, y un deber de amor.

Termino con Palabras del amado Papa Juan Pablo II, «que María, que vivió al pie de la cruz el drama de la muerte de Cristo y después participó del gozo de su resurrección. Que ella, Puerta del cielo, nos ayude a comprender cada vez más el valor de la oración de sufragio por nuestros amados difuntos, nos sostenga en la peregrinación diaria en la tierra y nos ayude a tener siempre presente la meta última de la vida, que es el paraíso».

Os bendice con afecto vuestro párroco y hermano, Antonio FAJARDO RUIZ.

 
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