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«Creer y enmudecer no es posible»
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Sábado, 02 de Abril de 2011 16:37

El Consiliario de la Federación y Arcipreste de la Sagra-Huéscar, P. Antonio Fajardo Ruiz, se dirige a todos los fieles con motivo de la Cuaresma de 2011. Llamada a la conversión y al apostolado.

Huéscar, Cuaresma 2011

Queridos feligreses: El día 9 del presente mes de marzo, miércoles de ceniza, dábamos inicio al tiempo cuaresmal; y con palabras literales de nuestro querido obispo don Ginés os invito, mis queridos hermanos y hermanas, a vivir la Cuaresma con grandeza de espíritu, abiertos a la acción de Dios que, sin duda, nos sorprenderá, y hará en nosotros, si nos dejamos hacer, obras grandes.

La obra grande que Dios quiere hacer en nosotros es la obra de la Salvación, es decir, de liberación de nuestras esclavitudes, de las que, desgraciadamente, muchas veces no somos conscientes. Por tanto, la Cuaresma tiene un tono totalmente positivo, verdadero, auténtico, porque es un tiempo de rescate pues “invita al creyente a renovarse ante la manifestación de Jesucristo que destruye la muerte y hace resplandecer la vida y la inmortalidad”. Dios nos libra de los estragos que el pecado hace en nuestra vida personal y comunitaria.

Para que entendamos bien lo que significa liberación de nuestras esclavitudes, que son las cadenas a las que nos somete el pecado, quizás sea oportuno traer a nuestra memoria el evangelio de la Samaritana, que escucharemos el tercer domingo de cuaresma. Éste refleja nítidamente una situación de esclavitud a la que el pecado había sometido a aquella pobre criatura: «la mujer samaritana representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: había tenido “cinco maridos” y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir repetitivo y resignado. Pero todo cambió para ella aquel día gracias al coloquio con el Señor Jesús, que la desconcertó hasta el punto de inducirla a dejar el cántaro del agua y correr a decir a la gente del pueblo: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4, 28-29)» (Benedicto XVI, Ángelus del 24 de febrero de 2008).

 

La primera consecuencia del pecado en nuestra vida, queridos hermanos, y lo estamos viendo de modo palpable a todos los niveles, es que nos olvidamos de Dios; y, como consecuencia, caemos en una vida sin sentido, en una vida repetitiva, aburrida, bebemos de todas las aguas y ninguna calma nuestra sed; hacemos lo que nos viene en gana, pero nada de lo que hacemos nos reporta una felicidad duradera; queremos arreglar nuestra vida y repetimos los mismos errores aferrándonos a personas, proyectos o cosas que terminan por defraudarnos. “Peor aún, nos dejamos llevar por pensamientos y tendencias que nos desvían lejos de aquello que en realidad quisiéramos vivir”. (Cfr. Monseñor Andrés Stanovnik, Menasaje para la cuaresma 2011) Y al hilo de esto me dirijo de modo especial a los jóvenes de Huéscar para decirles con palabras del Papa Juan Pablo II, «debéis resistir a la tentación, hoy sutil y letal, de dejar a Dios fuera de la vida o de reducir la fe a gestos episódicos y formales. La Iglesia necesita testigos dispuestos a seguir a Cristo hasta la cruz. Vuestros coetáneos, a menudo distraídos por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por las tentaciones de la droga y del hedonismo, acaban muchas veces por convertirse en esclavos de la violencia, del sin sentido y de la desesperación.» (Mensaje a un encuentro de Jóvenes de la Federación Rusa, 26 de julio de 2004:

Pero constatada esta realidad en la que se encuentra el mundo y nos encontramos también muchos de nosotros, ¿qué tenemos que hacer para cambiarnos y descubrir a nuestro prójimo otra existencia que les lleve a vivir en plenitud, hacia la cumbre, hacia la cima de la vida? La respuesta está en la verdad de nuestro testimonio cristiano. Nuestro testimonio de vida cristiana tendría que ser tan auténtico, tan puro, tan legítimo, en definitiva, tan genuino que interpelara al mundo y le ayudara a descubrir el amor de Dios que se revela en Jesús encarnado en la humildad de la condición humana. En Jesús, Dios se manifiesta como la única respuesta definitiva a los interrogantes del hombre, como la única felicidad con carácter de plenitud que el hombre no puede encontrar al margen de la existencia divina. Al margen de Dios no hay vida humana. "El misterio del hombre -enseña el concilio Vaticano II- sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22). Volvamos a recordar el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana: Emociona ver a Cristo cansado del camino, mendigando: «Dame de beber» Pide el Señor agua del pozo y a continuación promete el agua que salta hasta la vida eterna; despierta en la mujer la sed de Dios: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva» (Jn 4, 10).

Hoy, y creo que nunca ha podido ser de otro modo, no bastan las palabras; no podemos convertir el cristianismo en una filosofía de vida, en una ideología o en un código ético o moral más o menos universal, más o menos aceptable. El cristianismo es, y se puede definir, como discipulado. El cristiano está llamado a reproducir en sí la vida del Maestro. El evangelio dice que Jesús llamó a los Apóstoles para estar con Él, y después los envió al mundo para que dieran testimonio de lo que habían visto y oído. La vida de un cristiano tiene que ser una vida pascual, “Pascua es el misterio de Cristo salvador y del cristiano salvado”, de íntima unión con Jesús hasta llegar a la experiencia de San Pablo: «Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). De tal modo que podamos decir como han dicho los santos: Señor, que quien me vea te vea, o que quien me vea, pueda descubrirte Señor. Y esto se inicia en nuestro bautismo como bien nos ha recordado el Santo Padre: «El Bautismo (…) es el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo». (Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2011)

El Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, nos ha dirigido a los sacerdotes, también con motivo de la cuaresma, un mensaje en el que nos dice que: «La identidad, recibida sacramentalmente y acogida por nuestra humanidad herida, nos pide la progresiva conformación de nuestro corazón, de nuestra mente, de nuestras actitudes, de todo cuanto somos a la imagen de Cristo Buen Pastor, que ha sido impresa sacramentalmente en nosotros.» Esto que está dicho refiriéndose al Sacramento del Orden vale, claro está, para el Sacramento del Bautismo y, por tanto, para todos los bautizados.

Pero, si es verdad que la palabra no basta, no es menos verdad que creer y enmudecer no es posible. La cita es de San Pedro Poveda, con la que nos invita a ser “voceros” de Dios. Un cristiano es siempre por vocación un apóstol. Si, como hemos dicho, Jesús nos llamó a estar con Él, y de ahí nace la existencia cristiana, también nos mandó a predicar lo que de Él habíamos aprendido. Por tanto, debemos ser evangelio viviente en el que todos puedan leer y aprender la vida de Dios. Hoy, más que nunca, es necesario que no callemos ante una sociedad que no sólo quiere excluir a Dios de la misma sino que quiere negarles la palabra a los creyentes. Hablemos para defender el Evangelio, hablemos para defender la existencia de Dios, hablemos para defender a la Iglesia, hablemos de religión, defendamos nuestro derecho a ser “luz y sal de la tierra”. Con nuestras obras sí, pero también con nuestra palabra. La Iglesia necesita de testigos, es verdad, pero un testigo es siempre un profeta, es decir, alguien que habla, que predica, porque no lo olvidéis, CREER Y ENMUDECER NO ES POSIBLE. En la Cuaresma “hablemos con Dios y de Dios”.

Vuestro párroco y hermano, Antonio Fajardo Ruiz.

 
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